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De los neopopulismos de derecha e izquierda.

Donald Trump, Boris Johnson y Jair Bolsonaro, fueron los gobernantes emergentes, productos de la política de la ira, la que ha logrado retornar al pasado, moldearlo y transformarlo ante la ausencia de una visión sostenible de futuro.



El sociólogo, filósofo y ensayista polaco Zygmant Bauman, publico meses antes de su muerte en 2017, su libro póstumo, Retrotopía. Situándonos ante la urgente tarea de salvar a la humanidad de su más terrible enemiga, ella misma.

Según Bauman, pasamos de la vieja utopía de la cultura moderna, a una visión distópica -una sociedad ficticia, indeseable en si misma- en el siglo XXI. Nos adentramos en una era de la nostalgia, alimentada por la retrotopía, es decir, por la negación, de la negación de la utopía.


El autor sostiene, que nuestro mundo está afectado por una epidemia global de nostalgia, que funciona como un mecanismo de defensa, en tiempos de incertidumbre y convulsiones aceleradas y tiene por objeto, buscar el restablecimiento de un hogar ideal, un hogar que habita en el pasado.


Este sentimiento de nostalgia está presente en muchas de las ideologías actuales, que nos llevan a renunciar al pensamiento crítico y a entregarnos a un universo emocional, a un regreso a las alegorías nacionales y al pensamiento mágico. En el que se exalta la grandeza de los héroes del pasado, para renunciar a los retos del futuro.



Pretende, traer al presente mundos ideales, ubicados en un tiempo pretérito, que se resisten a quedar atrás. Se resisten a morir, pero en realidad, esos mundos no existieron en la objetividad histórica, solo en la fantasía y en los intereses de los que hoy la ideologizan para su beneficio.

El siglo XX fue un tiempo abierto al futuro, a la esperanza para lograr una vida mejor, a construir proyectos y sueños trascendiendo revoluciones civiles, depresiones económicas, guerras mundiales, caudillismos, sistemas políticos e ideológicos divergentes. Hoy, los ecos de la generación de cristal nos han vuelto temerosos y taimados.






Ante el abuso propiciado por la corrupción y el agotamiento de los regímenes democráticos de occidente, el exceso de libertades personales que diluyen la fortaleza de los Estados, más las recurrentes crisis económicas del periodo neoliberal, hemos dado paso a otro peligroso momento de la historia, el neoconservadurismo.

Autodenominado perversamente por sus ideólogos como liberalismo. El cual, paradójicamente se sustenta en el anhelo de un pasado imperfecto, que ahora se pretende remasterizar e idealizar, con los relatos de personajes elevados a la categoría de super héroes, que sin duda aportaron a la patria, pero sus vidas llevadas al clímax de lo glorioso, los convierten en semi dioses, cuando solo fueron hombres y mujeres muy destacados de sus tiempos. No obstante, al final fueron seres humanos, con tropiezos y aciertos.

Luc Boltansky describe el surgimiento de este neoconservadurismo, como la suma del nacionalismo, la xenofobia y el moralismo que confronta a los ciudadanos con las personas que habitan las periferias, muchas de las cuales viven de la ayuda gubernamental.

Con Trump y Bolsonaro, por mencionar dos ejemplos, fuimos testigos de los efectos y contradicciones del capitalismo neoliberal, que fomenta la política de la ira, del despecho y la sinrazón, permitiendo el surgimiento de caudillos, que no resolverán los grandes problemas nacionales. Por el contrario, como se ha visto, sumirán a sus países en retrocesos, contradicciones, violencia, polarización social y más pobreza.

Los nuevos “próceres”, aprovechando la indignación social, la utilizan como insumo para polarizar y dividir, con un objetivo preciso, hacerse de, y quedarse en el poder. Un poder que de poco servirá a los ciudadanos, que tendrán que desandar el camino tortuoso, pero con rumbo que llevaban. Dando un giro de 360 grados, para regresar a las evocaciones del pasado, causándose un profundo dolor y agudizándose las crisis sociales.

No es casual que, en esta época de incertidumbre, los populistas de derecha o de izquierda, ganen las elecciones de sus países, al prometer lo irrealizable. Destruyendo lo hecho, además de confrontar y dividir con relatos fabulosos para, según ellos, terminar la corrupción y la desigualdad. Además de ofrecer a sus pueblos, la recuperación de su grandeza, esa grandeza que solo se puede medir en el pasado.

Un fenómeno más que permite la ascensión de estos gobernantes, es la ruptura de las viejas comunidades humanas de vecindad y encuentro, sustituidas por las nuevas conjunciones de redes tecnológicas de elección. Espacios, donde tratamos de pasar más tiempo con los que creemos nuestros iguales y en el que internet, nos provoca la sensación de similitud.

Por ello, tememos y damos la espalda al futuro, habiendo perdido la confianza en nuestra capacidad colectiva para mitigar excesos y hacer de ese futuro, menos aterrador. Hoy predomina el aspiración individual, desvaneciéndose la esperanza social, la que persigue un mundo más libre y democrático.

Donald Trump, Boris Johnson y Jair Bolsonaro, fueron los gobernantes emergentes, productos de la política de la ira, la que ha logrado retornar al pasado, moldearlo y transformarlo ante la ausencia de una visión sostenible de futuro.

El profesor Bauman, adelantándose a estos acontecimientos, detalló, que cuando la política pierde capacidad de construir futuro, se dirige al espacio de la memoria colectiva, pues resulta más fácil de manipular y ante un futuro incomprensible e incierto, es mejor retornar al pasado familiar y acogedor de la memoria.

Consideró, que el nuevo ser en el mundo es la agregación y sucesión de transacciones de compra y venta. Tal como lo definió el economista Tim Jackson: se trata de que las personas en general nos convenzamos de gastar dinero que no tenemos, en cosas que no necesitamos, para crear en personas que no nos importan, unas impresiones que no perduran.

Este es el preciso momento en el que pasamos de la utopía embravecida, abierta a los desafíos del futuro, a la retrotopía tímida y derrotista, convirtiéndonos en seres narcisistas por sobre todas las cosas.

El viejo ideal de la libertad se ha vaciado, perdimos nuestros sueños, o como diría Bauman, comenzamos a mirarlos buscando en el pasado, ese pasado ideal que nunca ha sucedido.

Y si ya no podemos mirar al futuro, porque parece igual o peor que el presente, comenzamos a buscar en la nostalgia del pasado la esperanza de una vida mejor, que se ha desenganchado del futuro.

Externalizamos nuestra vida íntima e internalizamos las responsabilidades. La nueva fuerza moral se dirige hacia nosotros, la retrotopía postmoderna está hecha a la medida de un mundo de una agobiante superabundancia y atracciones placenteras con su correlato de riesgos, a la medida de personas fatigadas, cansadas y desanimadas, como el mundo de hoy, descrito por el filósofo Byung Chul Han, en su obra la Sociedad del Cansancio.



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